El problema de la señal: democracia, ruido y Chile como laboratorio

June 11, 2026

El problema de la señal: democracia, ruido y Chile como laboratorio

June 11, 2026

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Hay una pregunta que Platón hizo hace 2.400 años y que nadie ha respondido satisfactoriamente: si para cruzar el mar en una tormenta necesitas un capitán que sepa navegar, ¿por qué para gobernar un país basta con que la mayoría levante la mano? Es una pregunta incómoda. Y hay un sector que históricamente ha sabido aprovecharla mejor que nadie, no para resolverla, sino para vivir cómodamente de su irresolución. ## La democracia como sistema de medición Antes de hablar de Chile, y en lugar de pensar en la democracia como un valor moral, pensémosla por un momento como lo que técnicamente es: un sistema para medir preferencias colectivas y traducirlas en decisiones. Cualquier sistema de medición tiene dos problemas fundamentales. Primero, el instrumento puede ser impreciso. Segundo, la señal que intenta capturar puede ser intervenida antes de llegar al instrumento. En el lenguaje de las comunicaciones: hay ruido en el canal. El problema que Platón identificaba era el primero. Los votantes sin educación, sin tiempo para informarse, sin condiciones materiales para reflexionar, no son buenos instrumentos de medición. No porque sean inferiores, sino porque medir bien requiere condiciones que no todos tienen por igual. Lo que Platón no podía anticipar era el segundo problema: que alguien podría manufacturar el ruido deliberadamente. Y que ese alguien tendría además todos los incentivos para hacerlo. ## La democracia como comodín Platón escribió sus diálogos poniendo en boca de Sócrates la desconfianza hacia la democracia. El argumento central era que el demos, el pueblo, era demasiado manipulable para gobernar bien. Esa crítica ha sido apropiada históricamente por el pensamiento conservador como justificación del orden existente: si el pueblo no sabe decidir, mejor que decidan los que saben. Pero hay un giro que Platón no contempló, porque no tenía los ejemplos que nosotros tenemos. La descripción del demos manipulable se aplica con más precisión a las élites que instrumentalizan la democracia que al pueblo que supuestamente no está preparado para ejercerla. Y la evidencia histórica es bastante clara al respecto. Existe un patrón que se repite con suficiente consistencia como para no ser coincidencia. Cuando los resultados electorales favorecen al statu quo económico, la democracia es un valor sagrado, la expresión más pura de la voluntad popular, un sistema que hay que defender a toda costa. Cuando los resultados apuntan en otra dirección, aparece un repertorio conocido: el proceso estuvo viciado, el pueblo fue engañado, hay fuerzas externas, la institucionalidad está en peligro. Guatemala, 1954. Jacobo Árbenz gana elecciones limpias e implementa una reforma agraria que afecta tierras ociosas de la United Fruit Company. La CIA organiza un golpe. La democracia había hablado, pero habló mal. Chile, 1973. Salvador Allende llega al poder por las reglas del sistema, con más votos que cualquier otro candidato en primera vuelta. Tres años después, quienes habían invocado la institucionalidad para bloquear sus reformas celebraron desde sus casas el bombardeo de La Moneda. La democracia había hablado de nuevo, pero había que corregirla. El patrón no es ideológico en sentido principista. Es funcional: la democracia se invoca cuando produce los resultados correctos y se prescinde de ella cuando no. Esto no es una opinión política. Es un registro histórico. ## El votante manipulado no es el problema Volvamos al giro que Platón no vio. El votante chileno de clase trabajadora que rechazó el primer borrador constitucional en 2022 creyendo que le iban a expropiar la casa no actuó irracionalmente. Actuó sobre la información que tenía, que era falsa, fabricada y distribuida por actores con recursos, medios de comunicación propios, y conocimiento perfecto de que era falsa. La ignorancia no estaba en el pueblo. Estaba siendo manufacturada industrialmente para el pueblo. Eso transforma el argumento socrático en su opuesto. Sócrates desconfiaba del demos porque era manipulable. Pero si quien lo manipula es precisamente la élite ilustrada que supuestamente debería gobernar mejor, entonces el problema no es la capacidad del demos. El problema es quién controla las condiciones bajo las cuales decide. ## 2019: la señal más clara El 18 de octubre de 2019, Chile produjo una de las señales políticas más nítidas de su historia reciente. No fue una elección, fue un estallido. Y precisamente porque no pasó por el sistema formal de medición, fue difícil de manipular. Lo que decía esa señal era bastante claro: el modelo económico instalado durante la dictadura y preservado por todos los gobiernos democráticos posteriores había dejado de tener legitimidad popular. Treinta años de democracia formal no habían bastado para recoger ese descontento porque el sistema estaba diseñado, en parte, para no recogerlo. La constitución del 80 no fue solo un documento político. Fue un mecanismo para blindar ciertas decisiones económicas del alcance democrático. Había cosas que simplemente no se podían votar. La democracia operaba, pero dentro de límites que una dictadura había instalado precisamente para que no pudieran ser removidos democráticamente. El estallido fue, en ese sentido, la señal desbordando el canal. ## 2020: el 78% El plebiscito de entrada de octubre de 2020 fue, con voto voluntario, el momento en que el sistema formal recogió esa señal. El resultado fue 78% a favor de una nueva constitución, sobre una participación de aproximadamente 7,5 millones de personas en un padrón de cerca de 15 millones. Ese número necesita leerse con cuidado. No representa al país entero: la mitad del padrón no fue. Es razonable suponer que quienes concurrieron voluntariamente tenían mayor motivación y contexto que quienes no lo hicieron, aunque eso no se puede afirmar con certeza. Lo que sí es claro es que, en las condiciones de ese plebiscito, fue probablemente la señal más limpia que el sistema formal había producido en décadas sobre el descontento que el estallido había expresado en las calles. ## El dilema ético del voto obligatorio Antes de continuar, vale detenerse en una tensión que el debate político suele evadir. El voto obligatorio parte de una premisa igualitaria: si todos tienen el mismo derecho, todos tienen la misma obligación. Maximiza la representatividad formal y elimina la posibilidad de que el resultado sea capturado por una minoría motivada. Es un argumento serio. Pero introduce un problema que el caso chileno ilustra con claridad: expande el electorado hacia personas que llegan sin contexto, no por negligencia ni ignorancia inherente, sino porque las condiciones para votar informadamente, tiempo, acceso a información veraz, energía después de una jornada laboral, no están distribuidas igualmente. Y ese segmento es estructuralmente más permeable a la interferencia. El voto voluntario parece resolver eso, pero esconde su propia trampa. Asume que quien no vota eligió no votar. En muchos casos no es así: el abstencionismo tiene clase social. No votar es con frecuencia el resultado de alienación, desconfianza acumulada, o simplemente no tener tiempo. Y asumir que el votante voluntario está más informado es, hay que decirlo, una visión de élite. ¿Informado según qué criterio? ¿Definido por quién? La definición implícita de votante informado, alguien que leyó el borrador, siguió el proceso, consumió análisis, privilegia ciertos tipos de conocimiento sobre otros. Un trabajador que no leyó el texto pero entiende en carne propia cómo el sistema de AFP, consagrado bajo el amparo de la Constitución del 80 , lo ha perjudicado durante treinta años tiene un conocimiento relevante para votar que no aparece en ninguna métrica de información. La jerarquía epistémica que el argumento platónico instala reaparece aquí con mejor prensa. El problema de fondo no es el mecanismo de votación. Es que cualquier mecanismo opera dentro de una estructura de desigualdad que va a reproducir mientras esa estructura no cambie. Discutir voto obligatorio versus voluntario sin discutir eso es ajustar los instrumentos sin tocar la fuente del ruido. ## El ruido empieza antes del plebiscito Antes de llegar al plebiscito de salida de 2022, el ruido ya operaba. Y su primer vector fueron los medios de comunicación masivos durante el propio proceso de la Convención Constitucional. La cobertura se concentró sistemáticamente en los episodios más anómalos: el desorden logístico de los primeros meses, los constituyentes más excéntricos, las declaraciones fuera de contexto, los conflictos internos. El trabajo real de redacción, que producía artículos cuidadosamente deliberados sobre derechos, instituciones y garantías, pasaba mayoritariamente desapercibido o era presentado en forma fragmentada y descontextualizada. Esto no fue neutral. Los medios de comunicación en Chile tienen una concentración de propiedad históricamente vinculada a grupos económicos con interés directo en el resultado. El efecto acumulado fue instalar una imagen de la Convención como un proceso caótico e ilegítimo mucho antes de que hubiera un texto que evaluar. La señal fue intervenida en origen. ## 2022: la desinformación como estrategia Con voto obligatorio, el electorado se expandió de golpe con personas que no habían seguido el proceso y que llegaban con la imagen que dos años de cobertura hostil habían construido. La campaña del Rechazo diseñó su estrategia exactamente para ese votante. Las afirmaciones fueron concretas y masivas: que la nueva constitución expropiaría viviendas, eliminaría el derecho a la propiedad privada, aboliría Carabineros, que los chilenos perderían la nacionalidad. Ninguna tiene sustento en el texto. El artículo 78 del borrador es explícito: “Toda persona, natural o jurídica, tiene derecho de propiedad en todas sus especies y sobre toda clase de bienes” y establece que “la propietaria o el propietario siempre tiene derecho a que se le indemnice por el justo precio del bien expropiado”, con pago previo a la toma de posesión y derecho a recurrir a tribunales. El artículo 297 no disuelve las policías: las define como “instituciones policiales, no militares, de carácter centralizado”, “profesionales, jerarquizadas, disciplinadas, obedientes y no deliberantes”. El artículo 116 sobre nacionalidad establece que esta “únicamente se pierde” por causales específicas, y “solo si con ello la persona no queda en condición de apátrida”. El texto era público y verificable. La campaña no estaba dirigida a quien iba a leerlo. No fue desinformación accidental. Fue interferencia quirúrgica sobre el segmento más permeable del electorado: el que entró al padrón por obligación, sin contexto previo, después de dos años de cobertura mediática que ya había hecho su trabajo. Hannah Arendt, escribiendo sobre el totalitarismo, señalaba que las personas desconectadas de vínculos comunitarios reales y sin participación política genuina son perfectamente manipulables. No porque sean irracionales, sino porque sin contexto cualquier señal simple y emocionalmente cargada llena el vacío. Chile en 2022 no era una sociedad totalitaria, pero el mecanismo que Arendt describía operó con precisión dentro de un proceso democrático formal. El Rechazo ganó con 62%. ## La paradoja del segundo borrador Si la lectura de la derecha hubiera sido correcta, que Chile rechazó la primera constitución porque era demasiado izquierdista, el segundo proceso debería haber producido un texto con amplio respaldo. La derecha lo controló, redactó un borrador abiertamente ideológico en sentido conservador, y también fue rechazado, ahora con 55%. La derecha confundió su capacidad de manufacturar ruido con un mandato político real. Los dos rechazos consecutivos no dicen lo mismo. El primero puede explicarse en gran parte por la interferencia deliberada en el canal. El segundo revela que esa interferencia no tenía un proyecto detrás, solo un veto. Chile lleva cinco años intentando reconstruir una señal que el sistema formal no sabe leer, en parte porque algunos actores tienen interés en que permanezca ilegible. ## La simetría que no existe Llegados a este punto, una objeción razonable sería: ¿no estás haciendo lo mismo que criticas? Si dices que la democracia falló porque produjo el resultado equivocado, ¿en qué te diferencias de quienes la invocan selectivamente? La diferencia es empírica, no moral. El argumento de este artículo no es que el resultado fue incorrecto porque no me gusta. Es que el proceso de medición fue intervenido de manera documentable, con mentiras verificables contra un texto público, con medios de comunicación que actuaron como correa de transmisión de esas mentiras, y con una estrategia diseñada explícitamente para el votante sin contexto. Eso no es una lectura política del resultado. Es una descripción del mecanismo. La asimetría además es conductual. Cuando el segundo borrador, el conservador, fue rechazado, no hubo campaña de desinformación desde la izquierda que lo explicara. Fue rechazado y punto. Nadie dijo que el pueblo había sido engañado por fake news de izquierda, porque no las hubo. ## El otro lado del espejo Hasta aquí el artículo ha documentado cómo la derecha manipula el sistema. Pero la honestidad intelectual exige una pregunta más difícil: ¿por qué funciona? La desinformación no opera en el vacío. Necesita un terreno fértil, y ese terreno tiene dos capas que conviene no confundir. La primera es estructural y no depende de los errores de nadie. En Chile, los canales de comunicación masiva pertenecen a los mismos grupos económicos que tienen interés directo en el resultado político. El Grupo Luksic controla Canal 13. Copesa, históricamente vinculado a capitales de derecha, controla La Tercera. El Mercurio, que apoyó activamente el golpe de 1973, sigue siendo el diario de referencia de las élites. Durante el proceso constituyente, diversos estudios académicos documentaron que la televisión abierta mantuvo una cobertura sistemáticamente negativa hacia la Convención. No es que la izquierda jugó mal en un campo parejo. Es que el campo estaba inclinado y el árbitro jugaba para el otro equipo. Eso importa porque cambia el peso causal del análisis. La desinformación de la campaña del Rechazo no fue solo una operación política exitosa. Fue una operación que pudo ejecutarse porque contaba con la infraestructura mediática necesaria para amplificarla hacia millones de personas simultáneamente, sin posibilidad real de réplica equivalente. La segunda capa sí involucra errores propios. La izquierda habla un idioma que los trabajadores no reconocen como propio. No porque sean incapaces de entenderlo, sino porque ese idioma señaliza pertenencia a una clase que no es la de ellos. Cuando los marcos conceptuales de la política de izquierda viven principalmente en papers, congresos y redes sociales de nicho, y el único contacto real con la vida cotidiana de la clase trabajadora es en época de campaña, el vínculo se rompe. Arendt tenía un nombre para lo que se pierde cuando eso ocurre. En La condición humana describe la acción política genuina como algo que solo existe en un espacio público real, donde los ciudadanos se aparecen mutuamente como iguales y deliberan sobre lo común. La modernidad convirtió ese espacio en algo residual: quedaron consumidores que votan cada cuatro años, no ciudadanos que actúan políticamente. La izquierda que abandonó la vida cotidiana de la gente abandonó exactamente ese espacio. Y la derecha, con sus miedos concretos y sus mentiras simples, lo ocupó, con megáfonos propios. Gramsci lo entendía bien desde la cárcel de Mussolini: el intelectual orgánico no es el que baja a explicarle al pueblo, es el que emerge del pueblo y articula lo que el pueblo ya sabe pero no tiene palabras para decir. La izquierda contemporánea invirtió ese modelo. Pero hay que ser precisos: comunicar mal en condiciones de acceso desigual a los medios no es lo mismo que comunicar mal en igualdad de condiciones. Ambas cosas son verdad. No tienen el mismo peso. Criticar el sistema sin preguntarse cómo contribuimos a su reproducción es un análisis a medias. Pero atribuir el resultado solo a los errores propios, ignorando quién controla los canales, es un análisis que le hace el trabajo a quienes controlan esos canales. ## Lo que queda abierto No hay una conclusión limpia aquí, y sería deshonesto fabricar una. La democracia tiene un problema epistémico real que Platón identificó hace 2.400 años. Pero el patrón histórico sugiere que ese problema no es un defecto que nadie ha podido resolver. Para ciertos actores, es una característica que conviene preservar, y los recursos para preservarla son considerablemente mayores que los recursos para resolverla. Cuando la democracia produce los resultados esperados, es el mejor sistema posible. Cuando no los produce, aparecen los medios, las fake news, la injerencia, o en último caso, los tanques. El umbral entre una respuesta y otra depende del tamaño de la amenaza a los intereses en juego, no de ningún principio democrático. Y mientras tanto, la izquierda discute en idiomas que la mayoría no habla, sobre problemas que la mayoría siente pero no reconoce en esos idiomas, perdiendo terreno no solo en las urnas sino en algo más difícil de recuperar: la vida cotidiana de la gente. Si la democracia solo vale cuando produce los resultados correctos, la pregunta que Platón hizo sigue sin respuesta. Pero quizás la pregunta más urgente no es si el sistema está bien construido, sino quién tiene interés en que siga exactamente como está, y quién ha dejado de tener interés en cambiarlo.

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